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Sunday, June 21, 2026

 

El Dedo de Dios contra los Demonios de Salomón: Exorcismo, Blasfemia y Sátira Política en la Controversia de Belcebú

- Raúl Soto  21 de junio de 2026



Introducción

En el corazón de la narrativa de los evangelios sinópticos (Marcos 3,22-30; Mateo 12,22-32; Lucas 11,14-23) se conserva uno de los debates más encarnizados, oscuros y teológicamente densos del Nuevo Testamento: la llamada Controversia de Belcebú [1]. Tras presenciar cómo Jesús de Nazaret devuelve el habla y la vista a un hombre ciego y mudo mediante la expulsión de un espíritu maligno, una delegación de escribas y fariseos procedentes de Jerusalén lanza una acusación lapidaria: «Está poseído por Belcebú» y «Por el príncipe de los demonios echa fuera los demonios» (Marcos 3,22) [2].

La respuesta de Jesús no es una simple defensa apologética; constituye un contraataque retórico feroz en el que introduce la enigmática figura del rey Salomón, desata una advertencia aterradora sobre la blasfemia contra el Espíritu Santo y redefine las reglas del combate cósmico contra el mal [1][3].

Para el lector moderno, este pasaje suele evocar miedos abstractos sobre un "pecado imperdonable". Sin embargo, cuando la investigación histórico-crítica, la filología semítica y la literatura extra-bíblica judía del Segundo Templo analizan la escena, descubrimos que el debate latía en un horizonte cultural fascinante: el de las leyendas populares que retrataban a Salomón como el mago supremo de la antigüedad y la evolución de la demonología de Oriente Próximo [4][5]. Este ensayo analiza de forma exhaustiva la identidad de Belcebú, el verdadero peso teológico de la blasfemia contra el Espíritu y cómo el eco del Salomón hechicero es la clave maestra para descifrar la respuesta de Jesús.

1. ¿Quién es Belcebú? Etimología e historia de un nombre insultante

La acusación de los fariseos utiliza un nombre que evoca el estrato más profundo de la mitología e historia de la región de Canaán. El término que aparece en los mejores manuscritos griegos del Nuevo Testamento es «Βεελζεβούλ» (Beelzeboul) o «Βεεζεβούλ» (Beezeboul), adaptado tradicionalmente al castellano como Belcebú [6].

De Baal el Príncipe a la deidad de la basura

El análisis filológico que aporta el aparato de traducción de la NET Bible revela un fascinante proceso de degradación lingüística y satírica operado por los escribas de Israel sobre los nombres de los dioses extranjeros [6]:

  1. El origen ugarítico/cananeo: El nombre deriva directamente del dios cananeo de la tormenta y la fertilidad, Baal. En las tablillas mitológicas del Ciclo de Baal descubiertas en Ras Shamra, la deidad es aclamada con el título honorífico de «Baal Zebul», que en las lenguas semíticas del norte significa literalmente "Baal el Príncipe" o "El Señor de la Magna Morada" (el cielo o el templo) [4][6].
  2. La distorsión del Antiguo Testamento: En 2 Reyes 1,2-3, cuando el rey Ocozías de Israel cae enfermo, envía mensajeros a consultar al dios de la ciudad filistea de Ecrón, al que el texto hebreo llama despectivamente «Baal-Zebub» (Ba'al Zevuv), mudando la terminología original [6][7]. La palabra hebrea zevuv significa "mosca". Así, los escribas hebreos transformaron al grandioso "Baal el Príncipe" en "El Señor de las Moscas", una burla satírica para dar a entender que el dios pagano era una deidad ridícula rodeada de insectos que zumbaban sobre la carroña o el estiércol [6].
  3. La evolución en el siglo I: Para la época del Nuevo Testamento, el término evolucionó en el arameo popular hacia Beelzebut o Beelzeboul, donde la terminología final se asoció a la palabra aramea zibel, que significa "estiércol" o "basura" [6].

Por lo tanto, cuando los fariseos afirman que Jesús expulsa demonios por el poder de Belcebú, están utilizando el insulto supremo de la demonología de su tiempo [1]. No solo están diciendo que Jesús es un brujo, sino que está aliado con el "Señor del Estiércol", el jefe supremo de las fuerzas de la inmundicia («un espíritu inmundo») que gobierna sobre la basura espiritual del mundo pagano [3][6].

2. El Salomón hechicero: El contexto de las leyendas judías del Segundo Templo

Para entender por qué Jesús se molesta de forma tan radical con este comentario y qué tiene que ver el rey Salomón con el asunto, es indispensable abandonar la imagen puramente bíblica de Salomón como un monarca pacífico que solo escribía proverbios. En el horizonte cultural del judaísmo del siglo I, Salomón era universalmente considerado el mago, exorcista y taumaturgo más grande que jamás había pisado la Tierra [4][5].

Flavio Josefo y los exorcistas de Jerusalén

El historiador judío Flavio Josefo, escribiendo a finales del siglo I en sus Antigüedades Judías (VIII, 45-49), ofrece un testimonio histórico inestimable de cómo concebían los judíos de la época de Jesús el legado de Salomón [8]:

«Dios le concedió a Salomón el conocimiento del arte de combatir a los demonios para utilidad y curación de los hombres. Compuso incantaciones para aliviar las enfermedades y dejó métodos de exorcismos mediante los cuales se expulsa a los demonios de tal manera que nunca más regresan» [8].

Josefo relata incluso haber presenciado en su propia época a un exorcista judío llamado Eleazar que, en presencia del emperador Vespasiano y sus legiones, extraía demonios a través de las fosas nasales de los poseídos utilizando un anillo que contenía una raíz mágica recetada en los libros de Salomón, pronunciando el nombre del antiguo rey para atar al espíritu [5][8].

El Testamento de Salomón: El control de los demonios mediante el anillo real

El documento extra-bíblico definitivo para comprender este universo es el Testamento de Salomón, un escrito pseudoepigráfico judío redactado entre los siglos I y III d.C. [9]. Este libro narra cómo, durante la construcción del Templo de Jerusalén, el arcángel Miguel le entrega a Salomón un anillo mágico con el sello de Dios (la estrella de cinco o seis puntas, origen del Sello de Salomón) [9].

Gracias a este anillo, Salomón adquiere el poder de interrogar, someter y esclavizar a todos los príncipes de los demonios (incluyendo a Asmodeo y al propio Belcebú) [9]. El libro describe de forma explícita que Salomón obligó a los demonios a cargar las piedras, cortar la madera y levantar los pilares del Templo de Yahvé [4][9].

Este es el verdadero marco del debate de la Controversia de Belcebú. Al observar la actividad de Jesús, las autoridades religiosas de Jerusalén notan algo alarmante. Jesús no utiliza los métodos textuales y "santos" de las escuelas oficiales de Salomón; en su lugar, recurre a las técnicas físicas e impactantes de los taumaturgos populares de su tiempo [1][5].

Los mismos evangelios registran que Jesús manipulaba fluidos corporales combinados con elementos de la tierra, como cuando curó a un ciego de nacimiento escupiendo en tierra, haciendo barro con la saliva y untándoselo en los ojos (Juan 9,6), u operando de forma similar con el ciego de Betsaida, sobre cuyos ojos escupió directamente (Marcos 8,23) [7].

Asimismo, utilizaba complejas técnicas de respiración y conexión corporal y ritual: en la curación del sordomudo, el texto resalta que le metió los dedos en las orejas, le tocó la lengua con saliva y, «levantando los ojos al cielo, dio un gemido» (Marcos 7,33-34) [7]. Finalmente, Jesús pronunciaba potentes palabras en arameo conservadas por la tradición como fórmulas de poder lingüístico intraducibles, tales como «Talitha qumi» («Muchacha, a ti te digo, levántate», Marcos 5,41) o «Effatá» («Ábrete», Marcos 7,34) [5][7].

Para los fariseos, este despliegue de saliva, lodo, gemidos rituales y palabras extrañas no encajaba en los exorcismos limpios de la élite de Jerusalén [1][4]. Al ver que Jesús no cobraba dinero por sus prodigios, pero actuaba con esta desconcertante autonomía técnica, activaron la sospecha lógica de su época: "Si este hombre no está usando estos ritos de sanador popular en lugar de la autoridad regulada de Salomón, la única explicación es que tiene un pacto interno de sangre con el jefe de la basura; Belcebú mismo está dentro de él y le ordena a sus subordinados que se retiren" [1][4].

3. La respuesta de Jesús: El Reino dividido y el Dedo de Dios

Al captar la acusación, Jesús lanza una réplica en tres pasos que destruye la lógica de sus oponentes y desenmascara la hipocresía de la élite de Jerusalén [10].

El argumento de la guerra civil

En primer lugar, Jesús expone la absurdidad geopolítica de la acusación mediante una parábola de sentido común (Marcos 3,24-26): «Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede subsistir» [2]. Si Satán o Belcebú estuvieran prestando su poder a Jesús para destruir sus propios bastiones (los demonios que enferman a la humanidad), el imperio de la oscuridad estaría librando una guerra civil suicida [10]. Satán no es tan estúpido como para desmantelar su propio negocio [1].

La alusión a Salomón y los exorcistas judíos

En segundo lugar, en el pasaje paralelo de Mateo 12,27 y Lucas 11,19, Jesús introduce la trampa retórica definitiva que alude de forma directa a las leyendas salomónicas y a los exorcistas de la época:

«Y si yo echo los demonios por Belcebú, ¿por quién los echan vuestros hijos? Por eso ellos mismos serán vuestros jueces» [2].

Jesús les está diciendo: "Ustedes celebran y aceptan que los exorcistas de su propia facción y de sus familias (sus 'hijos') expulsen demonios invocando los métodos y las tradiciones mágicas de Salomón, y afirman que lo hacen por el poder de Dios. ¿Por qué entonces, cuando yo hago lo mismo pero de forma más perfecta, cambian el criterio y dicen que es por Belcebú? Su acusación no es teológica; es pura envidia política" [1][4].

El Dedo de Dios contra el Anillo de Salomón

El punto culminante de la defensa de Jesús ocurre en Lucas 11,20 (y Mateo 12,28): «Pero si por el dedo de Dios echo yo los demonios, ciertamente el Reino de Dios ha llegado a vosotros» [2].

La expresión «Dedo de Dios» («δάκτυλος θεο», daktylos theou) es una cita directa intertextual de Éxodo 8,15 [7]. En el relato de las plagas de Egipto, los magos del Faraón intentan replicar los milagros de Moisés utilizando sus manuales de hechicería y ciencias ocultas; al llegar a la plaga de los mosquitos, los magos fracasan, se rinden ante el monarca y confiesan: «Este es el dedo de Dios» [4][7].

Al utilizar esta frase específica, Jesús está operando una distinción monumental: los magos del Faraón y los exorcistas que dependen de las leyendas de Salomón usan técnicas de hechicería y manipulación de intermediarios para amarrar espíritus; Jesús, en cambio, no necesita el anillo de Salomón ni pactar con Belcebú porque su fuerza es el vínculo directo y el poder ejecutivo del Creador [1][5]. La expulsión de los demonios no es un espectáculo de magia de alquiler; es la prueba forense de que el Imperio de Satán ha sido invadido por el verdadero Rey del universo [10].

4. ¿Qué es la blasfemia contra el Espíritu Santo y por qué desató la ira de Jesús?

Es inmediatamente después de este careo donde Jesús pronuncia la advertencia más severa y aterradora de toda su carrera pública, un texto que ha generado ríos de tinta y angustia en la historia de la teología cristiana (Marcos 3,28-29):

«En verdad os digo que todo se les perdonará a los hijos de los hombres... pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás; será reo de pecado eterno» [2].

Para comprender por qué Jesús reacciona con semejante nivel de enojo y severidad, es indispensable analizar el contexto exacto donde se emite el veredicto [1]. El propio evangelista Marcos nos regala la clave exegética en el versículo 30 al añadir una aclaración editorial entre paréntesis: «Es que decían: "Tiene un espíritu inmundo"» [2][3].

La definición del pecado imperdonable

La blasfemia contra el Espíritu Santo no consiste en un insulto verbal pronunciado en un momento de rabia, ni en una duda intelectual, ni en una caída moral grave [1][3]. En su contexto histórico y crítico, este pecado es un crimen hermenéutico y espiritual voluntario: consiste en mirar una acción evidente del Espíritu de Dios (la sanidad, la liberación, la restauración de la dignidad de un ser humano ciego y mudo) y, de forma consciente, fría y deliberada, etiquetarla como una obra del demonio [1][11].

 

¿Por qué es imperdonable? Autores como Bart Ehrman y exégetas de The Oxford Bible Commentary aclaran que no se debe a que Dios carezca de la misericordia o el deseo de perdonar a esa persona, sino a una imposibilidad lógica del propio transgresor [1][3]. El perdón requiere que el individuo reconozca su enfermedad espiritual y acuda a la fuente de la curación.

Si un hombre mira al médico divino que cura las almas y afirma con total convicción que el médico es en realidad el jefe de los envenenadores (Belcebú), ese hombre ha destruido el puente que lo unía a la salvación [11]. Ha cerrado los ojos a la luz de tal manera que ahora llama a la luz "tinieblas" y a las tinieblas "luz" (cf. Isaías 5,20) [7]. Al pervertir la brújula moral del universo, el individuo se incapacita a sí mismo para el arrepentimiento; se convierte en un "reo de pecado eterno" porque ha decidido, por pura conveniencia política, que el Espíritu de Dios es el demonio de la basura [1][3].

5. La recepción en los siglos I y II y la literatura patrística

La gravedad de la controversia de Belcebú y el misterio del pecado imperdonable continuaron operando de forma activa en la literatura extra-bíblica y en los escritos de los Padres de la Iglesia, quienes tuvieron que aplicar esta severa advertencia a las crisis de sus propias comunidades.

La Didajé y los falsos profetas

En la Didajé (c. 100 d.C.), el manual de disciplina judeocristiano más antiguo fuera del canon, se observa una aplicación práctica e inmediata de la blasfemia contra el Espíritu Santo para regular las visitas de los predicadores itinerantes en el capítulo XI.7:

«No examinéis ni juzguéis a ningún profeta que habla en el Espíritu; porque todo pecado será perdonado, pero este pecado no será perdonado» [12].

El texto de la Didajé demuestra que la Iglesia primitiva se tomó tan en serio la advertencia de Jesús que consideraba un sacrilegio cósmico calumniar o juzgar a la ligera a un líder carismático que demostraba la fuerza del Espíritu en su vida, por temor a caer en el mismo pecado de los fariseos de Jerusalén [11][12].

Justino Mártir, Ireneo de Lión y las defensas contra la hechicería

En el siglo II, los cristianos tuvieron que defender la memoria de Jesús frente a los ataques de los intelectuales paganos (como Celso) y de las academias judías rabínicas post-70 d.C., quienes continuaban repitiendo exactamente la misma acusación de los fariseos del evangelio [5]. En el Diálogo con Trifón (69,7), Justino Mártir relata que los contemporáneos de Jesús «se atrevieron a llamarle mago y engañador del pueblo», afirmando que sus milagros eran meros trucos de la hechicería egipcia o salomónica [13].

Por su parte, Ireneo de Lión, en su obra monumental Adversus Haereses (III.11.9), utiliza el pasaje de la blasfemia contra el Espíritu Santo para combatir a los grupos gnósticos y heréticos (como los que rechazaban el Evangelio de Juan o el don de la profecía en la Iglesia) [14]. Ireneo argumenta de forma brillante que aquellos que desprecian las manifestaciones legítimas del Espíritu Santo en la comunidad de los creyentes por rivalidades teológicas se convierten en los verdaderos sucesores de los fariseos, cayendo bajo el mismo dictamen de exclusión eterna del Reino que Jesús proclamó en los evangelios [11][14].

Conclusión

El análisis histórico-crítico, filológico e intertextual de la Controversia de Belcebú nos demuestra que los relatos del Nuevo Testamento adquieren una viveza intelectual única cuando se leen desprovistos de los anacronismos de la piedad moderna [1][4]. El careo entre Jesús y los escribas de Jerusalén no era un debate abstracto sobre demonios alados; era una feroz batalla por el control de la legitimidad religiosa en la Palestina del siglo I [5].

Al desvelar el universo de las leyendas judías del Segundo Templo que retrataban a Salomón como el monarca de los magos y exorcistas, entendemos el verdadero tamaño del insulto de los fariseos y la genialidad de la respuesta de Jesús [4][8]. Frente a un sistema religioso que exigía anillos mágicos, recetas sofisticadas y la subordinación comercial de espíritus para mantener el statu quo, Jesús proclamó la irrupción directa del "Dedo de Dios" que libera a los oprimidos de forma gratuita [10].

Su tremenda advertencia sobre la blasfemia contra el Espíritu Santo permanece en la historia de la hermenéutica como un monumento a la honestidad intelectual: un recordatorio de que cuando el ser humano decide pervertir la verdad de forma voluntaria, llamando al bien "mal" para proteger sus propios privilegios políticos o teológicos, no está destruyendo a Dios; se está encerrando a sí mismo en la jaula de su propia e incorregible oscuridad.

Notas (Endnotes)

[1] Ehrman (2016, pp. 135-142) analiza las controversias en torno a la autoridad de Jesús en los evangelios sinópticos, ubicando la disputa sobre Belcebú en el marco de las rivalidades por el control de la interpretación del poder carismático en el entorno judío de Galilea y Judea.

[2] Las citas del mudo ciego sanado, la acusación de los escribas de Jerusalén, las parábolas del reino dividido, el reto de los hijos de los fariseos y el dictamen sobre el pecado eterno corresponden textualmente a la versión de la Biblia de Jerusalén (2009).

[3] Barton y Muddiman (2001, pp. 894, 1016), en The Oxford Bible Commentary, analizan detalladamente la estructura de Marcos 3 y Mateo 12, rastreando de qué manera la aclaración del evangelista («Es que decían: Tiene un espíritu inmundo») fija de forma inamovible el significado histórico del pecado imperdonable.

[4] Collins (2018, pp. 412-418) ofrece un exhaustivo análisis sobre la evolución de la demonología y la angelología en el judaísmo del Segundo Templo, explicando las raíces ugaríticas de Baal Zebul y el desarrollo de las tradiciones mágicas asociadas al rey Salomón en la literatura pseudoepigráfica.

[5] Piñero (2006, pp. 201-207) examina la figura de Jesús como sanador carismático frente a los exorcistas tradicionales de su época, detallando el uso de técnicas físicas y verbales y contraponiendo la inmediatez del mandato de Jesús con los extensos rituales de la tradición salomónica.

[6] El aparato de traducción de la NET Bible (2005), en sus minuciosas notas textuales y filológicas sobre Mateo 12 y Lucas 11, desglosa la etimología del término griego Beelzeboul a partir del arameo zibel (estiércol) y del hebreo zevuv (mosca), evaluando las variantes de los manuscritos unciales antiguos ($\aleph$ y B).

[7] Las correspondencias del nombre de Baal-Zebub en el libro de los Reyes, la teofanía de las plagas en Éxodo 8 y las advertencias proféticas de Isaías se citan textualmente a partir de la edición de la Biblia de Jerusalén (2009).

[8] Flavio Josefo, Antigüedades Judías, VIII, 45-49. El texto del historiador judío del siglo I constituye la prueba histórica definitiva de la existencia de un corpus de literatura de exorcismos y técnicas taumatúrgicas atribuidas oficialmente al Salomón histórico en la Jerusalén pre-70 d.C.

[9] Testamento de Salomón, I-V; XI. Este escrito de la pseudoepigrafía judía ilustra la consolidación de las leyendas medievales y del Segundo Templo en torno al uso del anillo del Sello para interrogar y esclavizar a demonios como Asmodeo y Belcebú en la construcción del Templo.

[10] Hayes (2012, pp. 250-256) expone el desarrollo de las parábolas de conflicto en los sinópticos, demostrando de qué manera la irrupción del Reino de Dios en la predicación de Jesús se entendía como una invasión militar legítima sobre las estructuras del mal que oprimían a la creación.

[11] Levine y Brettler (2021, pp. 55-60) contextualizan el concept del pecado imperdonable dentro de los debates éticos y de honestidad intelectual del judaísmo del Segundo Templo, diferenciando la blasfemia contra el Hijo del Hombre (un error de ignorancia histórica) frente a la blasfemia contra el Espíritu (un rechazo voluntario de la verdad evidente).

[12] Didajé (La Enseñanza de los Doce Apóstoles), XI.7. Este documento extra-canónico del siglo II ilustra la aplicación práctica de la Controversia de Belcebú en las iglesias primitivas de Siria para blindar la autoridad de los profetas carismáticos frente a las calumnias locales.

[13] Justino Mártir, Diálogo con Trifón, LXIX.7. El filósofo y apologista cristiano del siglo II testimonia la persistencia de la acusación de hechicería y magia contra Jesús por parte de los intelectuales paganos y las academias rabínicas hostiles al cristianismo emergente.

[14] Ireneo de Lión, Adversus Haereses, III.11.9. El obispo de Lión utiliza la gravedad del veredicto del pecado eterno para amonestar a los grupos gnósticos y cismáticos que rechazaban la efusión del Espíritu y los dones carismáticos en la estructura eclesial mayoritaria.

Bibliografía

  • Baden, J. S. (2012). The Composition of the Pentateuch: Renewing the Documentary Hypothesis. Yale University Press.

  • Barton, J., & Muddiman, J. (Eds.). (2001). The Oxford Bible Commentary. Oxford University Press.

  • Biblia de Jerusalén (5ª ed. revisada y aumentada). (2009). Editorial Desclée de Brouwer.

  • Bowen, J. (2020). The Old Testament in Archaeology and History. Digital Hammurabi Press.

  • Collins, J. J. (2018). Introduction to the Hebrew Bible (3rd ed.). Fortress Press.

  • Ehrman, B. D. (2014). How Jesus Became God: The Exaltation of a Jewish Preacher from Galilee. HarperOne.

  • Ehrman, B. D. (2016). Misquoting Jesus: The Story Behind Who Changed the Bible and Why. HarperSanFrancisco.

  • Hayes, C. (2012). Introduction to the Bible. Yale University Press.

  • Levine, A.-J., & Brettler, M. Z. (Eds.). (2021). The Jewish Annotated New Testament (2nd ed.). Oxford University Press.

  • NET Bible (New English Translation with Full Textual Notes and Translator's Apparatus). (2005). Biblical Studies Press.

  • The Oxford Annotated Bible with the Apocrypha (New Revised Standard Version, College Edition). (2010). Oxford University Press.

  • Piñero, A. (2006). Guía para entender el Nuevo Testamento. Trotta.